En todas las calles te pierdo y te encuentro en todas

La lluvia sobre el techito. Plic.
Plic.
Plic plic.
Eso me gusta de la casa de Juli.

Juli es amigo de Jero. Es casi tan lindo como Manuel, pero no tiene los brazos así de flacos. Es más alto, eso sí, aunque un poco más boludo.
Para ser justa, boludo no es el término adecuado. Es mas bien risueño, se ríe todo el tiempo y charla hasta por mí. Le gusta la murga, un género que yo nunca hubiera escuchado de otro modo que no fuese en su casa. Pero hoy llueve, así que escucha a una francesa entre bucólica y hippie que no tiene idea de que la guitarra no se agarra así.
La francesa suena bajito, se está haciendo de noche y Juli trae té. Jero se fue hace un rato, y yo me quedé leyendo un librito echada en la cama.
-Eco.
-Mhhse-mascullo, sin sacar los ojos de encima de las palabras, que se suceden sin que pueda entenderlas del todo.
-Es un embole.
Me río y lo miro.
Juli tiene toda la plata pero es un zafarrancho. Creo que no se cambió de ropa en los últimos tres años. Le gusta demasiado ese buzo. Ahora que lo pienso, cuando lo conocí también lo traía puesto.
Bien. Lo conocí en el cumpleaños de Jero. De inmediato me llamó la atención, pero tardamos varias horas en coincidir en una conversación grupal. Yo estaba sentada en un costado, jugando con un anillo que usaba, bastante aburrida. El feliz cumpleañero andaba de invitado en invitado asegurándose de que todo fuera maravilloso en esa velada tan especial. Cada diez minutos me invitaba a algo.
-¿No querés venir a charlar con nosotros?
-Dale, comé pizza.
-Bueno, contame cómo le está yendo a tu mamá en el trabajo.
Por supuesto, no piqué en ninguno de sus anzuelos. Eran bastante bien intencionados, aunque fútiles. En un momento se acercó con Julián y me lo presentó. Sonreí como pude y nos pusimos a charlar sobre política. Yo tenía alguna idea, pero él estaba en el centro de estudiantes de su colegio y sus padres militaban en no sé qué partido, así que en realidad se ocupó de darme cátedra al menos por una hora. Después me sacó a bailar, cosa que yo hice torpemente, como cabe imaginar, y me bajé muy rápido. Juli se quedó igual al lado mío, aunque la gila de Mariana lo venía a buscar con esa sonrisa babeante y los ojos a medio abrir, diciendo estupideces. Mejor no podría haberme salido, igual, porque intercambiaron lo que sería para mí la puerta de entrada a una hermosa amistad.
-¿Tenés celular?- Ella, por supuesto, tenía uno de pantalla naranja que se creía mejor que el mío, cosa que a mí me importaba bastante poco.
-Sí- contestó él, aunque se dio vuelta, evitando darle el número. Mariana notó el desplante y se fue con la cabeza alta. No fue hasta unos dos años después que empezó a bajarla cerca de cualquier hombre, aunque con convicciones ligeramente distintas.
Yo me reí bajito. Juli tanteó su bolsillo, sacó una lapicera y, agarrándome la mano, anotó unos números un poco largos. Abajo garabateó su nombre, aunque ya me lo acordaba. Sonrió y siguió hablando de cualquier cosa, como para hacerse el desentendido.
La fiesta terminó sin penas ni glorias, y Juli me acompañó hasta la puerta de casa, tres pisos más abajo. La música me tenía un poco mareada, un poco harta, y además me moría de sueño. Se lo dije, y el me preguntó si me molestaba quedarme despierta un ratito más. Y aunque he sido más tonta otras veces en la vida, en esa ocasión podrían, no, deberían haberme premiado. Contesté que de verdad no daba más. Él me miró un poco triste y bajó la vista. Aproveché la distracción, cacé la llave y la giré en la cerradura. Tras una breve despedida me encerré en casa, en plena oscuridad y, por fin, en silencio.
Mi celular vibró, cosa extraña a las tres de la madrugada. Era Jero, diciéndome que era muy "picarona". Yo creí que, en vez de catorce, había cumplido sesenta y ocho. Me fui a dormir, evitando contestarle.
Cinco años más tarde, Juli me recrimina la tontería, y me dice que podríamos haber llegado a mucho. Yo ya estoy más grande, incluso más alta, y no ando en esos trotes. Reconozco la inexistencia de las relaciones a largo plazo e incluso las creo nocivas.
Juli me empuja con cuidado y se tira al lado mío. Me acaricia el pelo, tironea un poco para molestarme. Me quejo bajito y no suelto el libro. Yo sé lo que le gusta, y tratar de convencerme le encanta. Me roza el cuello con la nariz, se ríe, me contagia la risa. En un movimiento que no podría haber sido más lento, se corre el pelo de la cara, hace lo mismo con el mío y se queda quieto, de ojos cerrados, invitándome a que me mueva. No lo defraudo, o al menos no del todo.
-Me tengo que ir.

Amelia en Pinamar.

"Amelia nunca estuvo en Pinamar."
Así empezaba el cuento que nos habían pedido que escribamos para una clase de Lengua. La idea era exponerlos a fin de invierno, pero yo le había dicho a la profesora que no quería. Ella supo entenderlo de inmediato. Mi cuentito, además de bastante mal escrito, era una carta de amor que no decía para quien, pero por lo que me dijo ella pensó que para Jero. ¿Por qué, se preguntará, amable lector? Porque hacía semanas que yo me había sentado en la otra punta del aula. Estaba mucho más callada, ya no rompía tanto las bolas. Gabi me decía muy seguido que me pasara un rato por la preceptoría pero la verdad es que no andaba con ganas. A Manu no lo vi más por un tiempo largo.
Se acercaba mi cumpleaños. Catorce. La gente ya me preguntaba qué iba a hacer para los quince. Yo no era muy de bailar, ni muy de salir, ni muy de andar con seres vivos, así que siempre contestaba que creía que  una cena con mi familia.
Mi familia. Sí. No dije mucho de ellos. Hablé de mamá y Roberto, aunque Roberto no es familia. Con la rama arbustífera paterna no me llevaba demasiado bien. Tenía, tengo, un abuelo muy lindo, de esos viejitos que tiemblan mucho cuando agarran cosas. Mi tía y mis primos eran copados. Son. Mi tío en esa época todavía vivía. Yo me llevaba un poco mal porque él siempre fue un poco de derecha y yo siempre fui un poco más zurda, aunque ahora lo extraño.
Todos eran de Santa Fe, así que los veía unas pocas veces por año. Como mi cumpleaños y el de mi abuelo caían cerca, un año nosotras íbamos para allá y un año ellos venían para acá. Ese septiembre decidimos irnos.
El viaje no fue largo, me la pasé escuchando música, y los cinco días que estuvimos en la casa de mis tíos no estuve ni muy charlatana ni muy paseandera. Mi prima, tres años mayor que yo, me invitaba a salir con sus amigos, pero no andaba con ganas.
Para mi cumpleaños me regalaron un teléfono celular de última generación, de esos que tenían un juego en donde eras una serpiente que comía cosas. Mi mamá me dijo que en casa me esperaba otro regalo. Yo pensé en las cartas.
Habían llegado siete después de la primera.
Esa que leí el día que tan triste estaba decía que la semana pasada había estado muy linda con el enterito. No era un enterito, era un jumper, pero bueno. En general él me contaba cosas. Que le habían mostrado una banda nueva, que nunca había comido huevo frito, que le gustaban más los perros que los gatos, que no coleccionaba nada porque eso es juntar mugre. Las últimas se fueron haciendo más largas. Esperaba tener una cuando llegara a casa.
Nos fuimos tres días después. No había perdido muchos días de clases, por suerte (decía mamá), así que me podía poner al día en algunas tardes. Por ahí podía invitar a algún compañero para que me ayudara. Me guiñaba un ojo. Yo creo que ella pensaba que sabía la identidad de mi enamorado. Incluso aventuró un par de veces algún nombre, y yo deseaba secretamente que estuviera equivocada. Todavía no tenía ni la menor idea de quién podía ser. Así que volví, sin penas ni glorias, sin que se hubiese notado mi ausencia, al banco del otro lado del curso. Jero se había cambiado ahí, y en la fila más cercana a la ventana esa en la que daba el sol había dos compañeras.
Me senté, sin saludarlo. Él tampoco me habló.
Una hora después le dije, muy bajito:
-Estúpido. Descuidaste nuestro lugar.
-Te extrañé. Estúpida.
Sonreímos.

De amores, de odios y otras yerbas.


Yo balbuceé un "hola" lleno de espinas. Si hubiera estado en una película, hubiese sonado un tema de Nu Metal de fondo. Jerónimo ya estaba terminando de levantar todos mis útiles -que en esa época no eran demasiados- y yo me escapaba de la mirada de Manuel.
La tortura duró lo que el pibe ese tardó en abandonar el aula. Jerónimo no se sacaba la sonrisa de la cara. Yo, que tenía la vista clavada al frente, en donde Daniel retomaba la explicación de células y aparatos de Golgi o algo así, podía verlo ahí, con la cabeza un poco ladeada para mi lado, pispeando con un gesto entre pícaro, mordaz y pelotudo, a ver si yo reaccionaba. No le di el gusto.
-Che, ¿De qué bandas hablaba el profe con el hijo?- me preguntó, queriendo sacar el tema supongo que de manera distraída.
-Las que me gustan a mí. Blues, eso. Ya sabés- mascullé, mirando como Daniel movía las manos y la boca, pero sin realmente escucharlo.
-Ah, sí, eso.
Debo aclarar que para ese entonces, Jero era lo más parecido a un amigo que tenía por esos lugares. A veces venía a casa y nos quedábamos varias horas haciendo nada. En general, los trabajos prácticos los hacíamos juntos. Charlábamos algunas cosas, que la escuela, que Buenos Aires, nada muy profundo. Nunca le hablé de mi papá, nunca me habló de su familia más que para decirme que tenía algunos problemas, pero se lo notaba incómodo tocando el tema.
Así que ya sabía qué bandas me gustaban, ya sabía que era muy calentona, ya sabía que en general no me llevaba muy bien con la gente y calculo que ya sabía que la conducta que yo estaba teniendo en ese momento no era de lo más común. Por eso siguió, al ratito.
-¿Y qué te pareció? Digo, ese chico.
-¿Quién?- no me salía del todo bien el papel de desentendida.
-El hijo del profe. ¿Cómo se llamaba?
-Manuel.
Sonrió. "Caí", pensé, "cómo no me di cuenta". Intenté arreglarla, pero todavía tenía el estómago revuelto.
-Lo dijo recién, ¿No escuchaste? ¿Estabas muy ocupado toqueteando mis cosas?
-Chiiiicooos- interrumpió Daniel, salvándome un poco. Yo asentí con la cabeza, como siempre que alguien intervenía en mi comportamiento. Jerónimo se puso rojo.
El resto de la hora pasó sin penas ni glorias. A la una me puse la campera -ese día hacía muchísimo frío, me acuerdo- y salí bastante rápido. Jero me dijo que tenía que pasar por el baño, que lo esperara. Yo le dije que no podía. Estaba enojada con él. No supe muy bien si por hacerme quedar mal o por haberse dado cuenta de que el pibe ese me había movido el piso. Es que con esa cara de desinteresado, con los ojos perdidos en absolutamente ningún lado, con el pelo morocho cayéndole en barritas, con los brazos bastante finos y bastante largos... cómo no dejarse mover el piso.
Me fui. También estaba triste. Y ya sabía que en esas tardecitas de invierno la tristeza pegaba duro. Así que me puse los auriculares a pocos pasos de la salida del colegio, sin esconder que tenía en mp3 (¡Tenía un mp3!) en el bolsillo, y me fui caminando cortito. Mi amigo, si es que podía considerarlo mi amigo, había hecho algo para hacerme quedar mal enfrente de alguien que sabía que me gustaba. ¿Pero por qué?
Llegué a casa y, contrario a mi costumbre, le pregunté a mi mamá si podíamos hablar. El departamento estaba caliente, había olor a salsa, me saqué las zapatillas y me tiré, un poco de costado, en la silla. Mamá me saludó desde su cuarto y me dijo que ya venía, que pusiera la mesa. Saqué dos platos, dos vasos, dos tenedores, una botella de agua y pan. No le poníamos queso.
Cuando nos sentamos le conté todo. Que la nota, que Jero, que Daniel, que Manuel (hice hincapié en Manuel), que los útiles. Me puse a llorar varias veces, aunque evidentemente la situación no era tan grave como para eso. Ahora que lo pienso, yo me hacía mucho la dura pero era nomás un piba de trece años.
-Amelita, Amelita- decía mi mamá, mientras me acariciaba el pelo - ¿Segura que no es nada más? ¿Segura que es eso que pasó en el cole lo que te pone tan triste?- Asentí con la cabeza, medio entre mocos, y nos quedamos calladas. Al rato, cuando me calmé, me dijo:
-Te llegó otra carta hoy.

Buscado. Recompensa.

Un tiempo después me llegó una carta. Transcribo, porque todavía la guardo.
"A mi siempre me pasaron cosas con vos". Clara. Concisa. Logró hacerme estallar el corazón en mil pedazos, porque no sabía de quién podía ser, era la justa elección de palabras. Me acuerdo y se me revuelve la barriga.
Temblaba de emoción, cosa que suele pasarme con mucha frecuencia desde ese momento hasta hoy. Fue como si hubiera limpiado de un soplido todas las cañerías oxidadas que me cruzaban adentro.
Mi círculo de amistades se reducía al del colegio. No iba al club, ni a inglés, ni a piano o guitarra. Casa, escuela. Escuela, casa. Incluso dentro de mi propia clase no era el centro de atención ni mucho menos. Hasta me había sabido cosechar algunas enemistades que todavía conservo, con amor, en un lugarcito de mi corazón. Jerónimo, que más que mi amigo era mi mascota, no podía ser. Ni siquiera era su letra. Además no me lo veía escribiendo cartitas de amor por los rincones.
La nota la encontré en el buzón de mi casa. Bueno, en realidad la encontró mi mamá y la abrió, la leyó, masticó muy bien lo que decía y entre cargadas y risas, me prohibió salir de casa. Como buena cuarentona, tenía miedo de que el anónimo fuese un sátiro que tenía planeado matarme o cosas peores, como obligarme a repetir de año.
Pero si no era Jero... ¿Cuál de todos los ignorados compañeros míos -o no míos- era el galán? No lo iba a saber por bastante tiempo. El lunes siguiente, fui al colegio con mis mejores pilchas. Aunque sabía que no tenía que arreglarme demasiado, no podía evitar intentar sentirme preciosa. Me pinté las uñas (¡Me pinté las uñas!) con unas francesitas mal traducidas.
Entré a la clase bastante más temprano de lo normal, y eso que yo todavía pretendía hacerme la superada: esto de las cartas de amor me pasa todos los días. Pero no, en realidad era la primera vez que yo le gustaba a alguien y no sabía bien cómo comportarme. Hasta un poco de vergüenza me daba saberme centro de las miradas de alguno.
No presté demasiada atención ni a lengua, ni a religión, ni a geografía. En biología hubo algo que me llamó la atención y me obligó a bajar de Babia. A eso de las 11.50 -sí, estaba completamente pendiente de la hora- entró un chico que yo pensé repetidas veces que era el apuesto integrante de otro curso. Calculaba que cuarto. Lo veía pasar, a veces, sólo en esa clase y por unos segundos. Intercambiaba unas palabras con Daniel y se retiraba en silencio. El tipito tendría unos diecisiete años, alto muy alto, flaco muy flaco. Pelo largo, hasta los hombros y cara de nada. Absolutamente ningún tipo de sentimiento o emoción surcó su carita en todas las veces que lo vi. Hasta ese día.
-Chicos, este es Manuel, mi hijo- el pibe miró a los ojos a cada uno de mis compañeros. A mi también. Me temblaron violentamente las piernas y creo que Jero lo notó. Al hijo de mi profesor, el mismo hijo al que le gustaba Tutu. Y tenía una belleza considerable. Sin contar el desinterés que aparentaba por todo lo que fuese... iba decir vivo, pero no se limitaba a eso. Nada le producía sorpresa. Excepto el ruido horrible que hizo mi cartuchera al suicidarse desde el banco y escupir todos los útiles a varios metros a la redonda. Por mi cabecita pasaron varias cosas. En primer lugar, la vergüenza que me producía ser el nuevo centro de interés visual para treinta personas. En segundo lugar, el pensar que el anónimo estaba inspeccionando, contemplando, en todo su esplendor, mi inabarcable torpeza. Por último, la mirada impávida de Manuel que se perdía en el infinito, una vez que ya había saciado su curiosidad. Pero no, si yo no tenía las manos sobre la mesa, ni siquiera. Jero se rió bajito. Yo, igual de bajito, le dije:
-Hijo de puta. Levantá todo antes de que te mate.
Daniel interrumpió.
-Chicos, ¿Por qué no ayudan a su compañera?- dijo, dirigiéndose al curso. Y continuó, ahora a su hijo pero igual de alto- Ella es la que escucha a tus bandas.
Me helé un poco de espanto. No tenía idea de qué me estaba pasando, no tenía por costumbre andar con los cachetes rojos por ahí ni mucho menos. Esa maldita carta me había hecho un poco más humana.
-Sí, ya sé- contestó Manuel con una voz increíblemente ronca. Cartón lleno.

Nostalgiando.

Yo estaba haciendo un trabajo práctico a desgano. Era obvio que el taradito que se me había sentado al lado quería que lo ayudara, pero no levanté la vista de la hoja ni un segundo. Por primera vez en muchos meses, extrañé que Jerónimo no estuviera al lado mío para trabajar sin molestarme. Era insoportable pero se manejaba bien con la tarea. A veces me aprovechaba un poco de él, pobre pibe, y me copiaba de los ejercicios de física que no había hecho y no pensaba hacer. Pero le mentía vilmente: "Sí, no llegué a tiempo, pero llego a casa y los hago". Él me alcanzaba la hoja sin chistar. Lo tenía, digamos, amaestrado.
Pero bueno, venía diciendo que justo ese día Jero había faltado y no sé porque casualidad del destino, al lado mío se sentó uno con el que yo no hablaba mucho. Bueno, a decir verdad, no hablaba mucho con ninguno. Pero en fin. El pibe estaba al lado mío, calladito y cogoteando mi hoja. Yo le hacía firuletes más bien mentirosos al trabajo de historia sobre los feudos, de los cuales no sabía, ni me interesaba saber, nada. Que esclavos, que señores, que campesinos.
-Che... che- Me chistó Lucas, el taradito.
-¿Qué querés?- le dije, con la mitad de la boca.
-¿Había fábricas en este momento?
-¿Sos nabo, vos? ¿Cómo va a haber fábricas?
-Bueno, che, no sé. No sabés todo, vos.
Me callé, porque si abría la boca, corría el riesgo de inundar el salón de borbotones de lava o puteadas a los gritos, que es casi lo mismo. Lucas llamó a la profesora, le preguntó y ella contestó lo mismo que yo, exceptuando la parte de "nabo", que sé bien que se la tuvo que tragar para que no la sumariaran. El pibe dejó la hoja y empezó a dibujar el banco. Un artista, si no fuera porque era, efectivamente, un gil. Le pregunté si sabía que iba a estudiar cuando saliera del secundario.
-Abogacía, como mi papá.

¿Mi papá? No, yo no tengo papá. O sea, sí, la parte espermatozoide de mi vida fue ese tipo, Roberto, pero nunca apareció. Se fue de mi casa cuando yo era una bebé, menos dos meses tenía. Dejó a mi vieja embarazada y no asomó más la nariz por estos lares.
Él andaba enamorado de otra mujer, su secretaria. Mi viejo es un cliché. Entonces dejó a la vieja y se levantó a esta mujer, que al poco tiempo lo abandonó por uno que tenía plata. Roberto intentó volver con mamá; ella se negó.
A veces se olvida de llamarme para mi cumpleaños. Yo digo que no pasa nada, pero en realidad no está bueno que tu viejo no se acuerde del día en que naciste. Una vez la escuché a mamá hablar por teléfono con él, haciéndole acordar que al día siguiente era mi cumple. Ese año no atendí ninguna llamada.
Mi mamá no me habla de él jamás. En vacaciones me pregunta una sola vez, y no insiste, si no quiero ir a pasar unos días a su quinta. Yo le digo que no, que no tengo ganas de verlo. Miento: Una vez fui, entre sexto y séptimo. Estaba él con la señora nueva, que tiene dos pibes chiquitos e insoportables. Ellos charlaban y se reían de estupideces, comían con la boca abierta, masticando pedazos de carne y lechuga. Un espectáculo dantesco. Hubiera sido genial que fuera un espectáculo maquiavélico. De mi parte.
Pero no. Esperé pacientemente hasta que terminaran la comida y, al grito de "aaaaaaaaaaah", le dije que me llevara a mi casa. Me dolía la panza.
Me dolía el alma. Era la única de mi grado que no tenía papá porque ese papá no la quería a ella.
Dejé de ir a lo de mis amigas porque odiaba ver a los hombres con barba y anteojos, leyendo el diario y preguntando cómo había ido el día. Dejé de invitarlas a mi casa para que no se pusieran a hablar con mi vieja de Roberto. Me encerré cada semana un poco más. Cuando terminó el año, le pedí a mamá que me cambiara de colegio.
Iba a inglés.
Iba a natación.
Iba a voley.
Iba a danza.
Dejé de ir.

La casa es chica. El corazón también.

Jerónimo me pidió entre tres y cuatro mil útiles ese día. Yo no me hacía demasiado problema porque la mitad no andaban, entonces le dejé la cartuchera cerca y le dije que agarrara nomás.
A la una menos diez yo ya estaba guardando la carpeta en la mochila. La profesora de matemática (que me odiaba en esa fiaca infinita que solía identificarme), al ver que mi banco ya estaba limpio, dio por terminada la clase. Bah, supongo por el bufido que le salió yo no sé si del alma porque esa probablemente ya la hubiera cambiado por algo con el diablo.
Salí del aula con la velocidad promedio de un alud. Bajé las escaleras blancas y abrí la puerta. Desde atrás escuché la llamada de Jerónimo.
-Ameliaaaa- paré en seco.
-Qué pasa- pregunté, volteándome.
-Me quedé con tu lápiz rojo.
-Yo no tengo lápiz rojo.
Dudó un poco.
-¿Dónde vivís?- yo me pregunté si lo del lápiz tendría algo que ver.
-Para allá- le contesté, señalando al norte.
-Si vas caminando, podemos ir juntos.
Era tímido y confianzudo. Una extraña combinación, más bien tirando a molesta, pero a eso se le sumaba la vocecita agria, los anteojos y la manera irritante de decir mi nombre. No podía negarme, de todas formas, a su pedido. O sea, sí, mi única opción era entrar a correr a toda velocidad hasta llegar a casa, rezando porque el pibe no me siguiera. Pero era demasiado arriesgado. Y absurdo.
-Sí, dale. Apurate que quiero llegar rápido a mi casa.
Caminamos en dirección a mi departamento. Jerónimo no paraba de hablar. Que Bahía Blanca, que su mamá, que el departamento nuevo, que el calor insoportable de Buenos Aires. Era obvio que lo habían arrastrado a la ciudad, a mitad del primer trimestre. Lo interrumpí en su monólogo sin ningún tipo de consideración.
-¿Y por qué se mudaron?
-Por trabajo de mi papá. Es militar- Es innegable que los canas son una estirpe mas bien fulera de la raza humana, pero los militares... los militares son peores. No voy a gastarme en argumentar, conténtense con saber mi opinión. Si no la comparten, les recomiendo fuertemente que salteen esta parte y continúen a partir de aquí:
-Ah, mirá vos. Bueno, yo vivo acá.
Jerónimo me miró extasiado. Nunca había visto una cara tan redonda, unos ojos tan brillantes.
-¡Yo también!
Cartón lleno. Compañero de banco, compañero de edificio. No le contesté nada, por supuesto, y me entretuve revolviendo mi morral para encontrar la llave de la puerta del hall. Jerónimo fue más rápido. Me dejó pasar, troté hasta el ascensor y toqué el número tres: mi piso. El me alcanzó al instante.
-¿Tocaste?- asentí con la cabeza.
Me bajé y esperé a que se cerrara la puerta antes de entrar a mi casa.

¡Ausente!

Creo que fue ese viernes. O por ahí el lunes siguiente. Yo me llevaba muy bien con mi preceptora, me pasaba las clases de inglés pegando notas en la habitación chiquita y repleta de hojas y humo. Se me acercó y me dijo, casi susurrando, que no contara nada, que entraba un compañero nuevo. Lo tomé sin sorpresa.
-Bueno, Gabi. Que no se siente cerca mío.
Ella se rió, pero yo lo decía muy en serio. Me había ocupado el banco del fondo a la izquierda, que daba a la ventana más luminosa. O sea que me cubría de sol de nueve a una y dormitaba en un estado de semi-ebullición constante. Era el paraíso. Pero cada tanto a algún compañerito "piola" se le ocurría que estaría buenísimo venir a sentarse a mi lado para hacer los trabajos de historia o geografía. Yo respondía con mi mejor -y practicada frente a un espejo- cara de teodioalejatedemí.
No duraban más de media hora.
-Tu asiento es el único que queda libre.
-No me digas. ¿En serio? Yo no presto atención cuando estoy en el aula. No sabía.
-¡Yo no sé como hacés para aprobar, nena!
Me volteé riendo y caminé hasta el aula. Tenía física, creo, o algo así que nunca se me dio bien. Y corroboré lo que me había dicho Gabriela. El único banco libre era el aledaño al mío. Más valía no desesperar, podía ocurrir un milagro y el hombrecito que tenía, por predestinación macabra, que arruinarme la secundaria podía no aparecer. Pero no.
Diez minutos después, cuando entró el profesor, lo acompañaba un petisito de lentes gruesos, pelo castaño y una mochila caída y rota. Se sentó, como pueden imaginarse, a mi lado.
Gabi lo presentó:
-Chiiicooos, él es un nuevo compañero- lo señaló y el nene se tornó no sé si granate o bermellón. Tímido, el muchacho - Se llama... ¿Cómo te llamás?
-Jero... Jerónimo.
-Jeeeero viene de Bahía Blanca. Trátenlo bien, ¡Chau!- y desapareció.
Lo saludé cordialmente. Creo que ese día yo me había puesto un vestido negro con encaje, un poco dark. Nada más alejado de mi personalidad genérica. Pero puede que se haya sentido intimidado. No me molestaba en lo más mínimo.
-Hola. Soy Jero...
-Escuché- dije, sin siquiera mirarlo.
-¿Cómo te llamás?
-Amelia Blues.
-¿Blues?
No respondí.

Nightclubbing.

-Dieciséis- guiñó un ojo con evidentes problemas de motricidad- pero tiene novia.
Poco me importaba la vida sentimental del hijo de mi profesor de biología. Tenían el mismo ADN, y no creo que a nadie le quedara precisamente bien la nariz ganchuda atacada por anteojos de marco grueso. Nariz que era, por supuesto, vecina de una boca un poco peculiar. Y digo "poco" porque ese hombre tenía los labios más finos que yo hubiera visto jamás.
-Sí, yo también- me reí, mintiendo. A mis trece años, nunca me había interesado tanto por un muchacho como para decírselo. Mi escuela primaria había pasado sin penas ni glorias, solía ser retada por no hacer la tarea, por arañar a mis compañeras, insultar a las maestras. Lo usual. Había decidido sosegarme en ese primer año básicamente porque me habían prometido una planchita para el pelo y la quería tanto que podía hacer cualquier cosa.
Y no es que no tuviera las crinchas lacias, sino que cuando me iba a dormir con el pelo mojado, el resultado era espantoso. Además sabía que cuanto más corto lo tuviera, más se alzaba. Y tenía la idea de cortármelo al estilo de Grace Jones en Nightclubbing, cosa que nunca hice, por supuesto y gracias a dios. Pero volviendo al tema: no me interesaba ni el hijo desconocido de mi profesor ni otro bicho masculino caminando por el mundo. De todas formas, tampoco es que tuviera una caterva de hombrezuelos por ahí. No los invitaba del todo con mi personalidad más bien desganada y reticente a cualquier tipo de contacto humano.
Seguí caminando para el aula. Daniel me llamó.
-Disculpá, pero la remera, ¿De dónde la sacaste?
-Me la trajo mi vieja de Brasil.
-Uh, bueno. Acá no la voy a conseguir- se lamentó- Le voy a decir a Manu que te gusta Tutu Jones, se va a poner contento.
-Sí, bueno. Chau.
Escapé, paladeando el nuevo nombre adquirido. Manuel. ¡Qué sonido! ¡Qué cadencia! Sonreí. Nunca más iba a llevar esa remera al colegio.

Sin repetir y sin soplar.

Estoy acostumbrada a que me pregunten dos veces mi apellido.

No sé bien cuál es la capacidad cognitiva que no se desarrolló en la gente: No pueden entender que me apellide Blues.

Una vez le pregunté a mi mamá -empiecen a conocerme, vivo sólo con ella- de dónde había salido, pero no pudo contestarme fehacientemente, entonces inventé mi propio cuento, sin ningún tipo de rigurosidad histórica, y resulta que mi bisabuelo escapó de sus padres opresores para casarse con mi bisabuela, viajaron a Estados Unidos y en el trayecto les cambiaron su Dongé por Blues, a pedido de ella. Después, pueden imaginarse. Hijos varones, muerte, alianzas por conveniencia o por amor, papá dejando a mamá y yéndose con su nueva mujer: yo.

El primer día de secundario me pasó algo muy extraño. Mis compañeras eran en gran medida unas imbéciles. Hablaban de novelas adolescentes, de lo enamoradas que estaban de un morocho de lentes que iba a tercero, de lo linda que venía la colección primavera-verano de no-sé-qué marca de ropa que debe ser conocidísima pero que no ubico. Y yo me autoexcluía, no por solitaria sino por poco interesada en esos trámites más bien banales que tiene que, por norma general, soportar todos los alumnos de primero primera y supongo que de los otros cursos también.

Entonces yo me la pasaba leyendo, tenía una o dos amigas. ¿Chicos? ¿Esos seres hipersexuales que se la pasan -a los trece, catorce años- hablando de futbol y tetas? No, muchísimas gracias: estoy a dieta.

Pero a eso se sumaba mi poca prestancia. Caminaba por los pasillos del enorme colegio haciéndome la fantasma, pasando, gracias a dios, casi totalmente desapercibida. Hasta día el Miércoles diez de Mayo del año dos mil seis, en el que tuve la puta idea de ir con la remera de Tutu Jones que mi mamá me había regalado. Sí, soy un cliché.

La vio mi profesor de biología, me saludó con una sonrisa un poco boba y me hizo algún comentario pseudochistoso sobre la convergencia impresionante que se daba entre mi noble camiseta de Tutu y mi apellido. Con una creciente timidez idiota, le dije algo así como "sí, me gusta el Blues". E inmediatamente después me di cuenta de que ese hombre -el guitarrista, mi profesor no, pobre tipo mediocre- era un genio subvalorado en la cultura popular. Por eso le pregunté de dónde lo conocía.

-Lo escucha siempre mi hijo. En casa es fija.

El tipo, que se llamaba Daniel, tenía, para mí, unos 37 años. Tiempo después supe que tenía dos más.

-¿Y qué edad tiene? - me refería al hijo. Me llamaba la atención de forma considerable que una persona del rango etario que no correspondiera a los 28-30 años lo conociera. Pero Daniel lo malinterpretó, cosa que haría, de ahí en adelante, incontables veces.