Pero bueno, venía diciendo que justo ese día Jero había faltado y no sé porque casualidad del destino, al lado mío se sentó uno con el que yo no hablaba mucho. Bueno, a decir verdad, no hablaba mucho con ninguno. Pero en fin. El pibe estaba al lado mío, calladito y cogoteando mi hoja. Yo le hacía firuletes más bien mentirosos al trabajo de historia sobre los feudos, de los cuales no sabía, ni me interesaba saber, nada. Que esclavos, que señores, que campesinos.
-Che... che- Me chistó Lucas, el taradito.
-¿Qué querés?- le dije, con la mitad de la boca.
-¿Había fábricas en este momento?
-¿Sos nabo, vos? ¿Cómo va a haber fábricas?
-Bueno, che, no sé. No sabés todo, vos.
Me callé, porque si abría la boca, corría el riesgo de inundar el salón de borbotones de lava o puteadas a los gritos, que es casi lo mismo. Lucas llamó a la profesora, le preguntó y ella contestó lo mismo que yo, exceptuando la parte de "nabo", que sé bien que se la tuvo que tragar para que no la sumariaran. El pibe dejó la hoja y empezó a dibujar el banco. Un artista, si no fuera porque era, efectivamente, un gil. Le pregunté si sabía que iba a estudiar cuando saliera del secundario.
-Abogacía, como mi papá.
¿Mi papá? No, yo no tengo papá. O sea, sí, la parte espermatozoide de mi vida fue ese tipo, Roberto, pero nunca apareció. Se fue de mi casa cuando yo era una bebé, menos dos meses tenía. Dejó a mi vieja embarazada y no asomó más la nariz por estos lares.
Él andaba enamorado de otra mujer, su secretaria. Mi viejo es un cliché. Entonces dejó a la vieja y se levantó a esta mujer, que al poco tiempo lo abandonó por uno que tenía plata. Roberto intentó volver con mamá; ella se negó.
A veces se olvida de llamarme para mi cumpleaños. Yo digo que no pasa nada, pero en realidad no está bueno que tu viejo no se acuerde del día en que naciste. Una vez la escuché a mamá hablar por teléfono con él, haciéndole acordar que al día siguiente era mi cumple. Ese año no atendí ninguna llamada.
Mi mamá no me habla de él jamás. En vacaciones me pregunta una sola vez, y no insiste, si no quiero ir a pasar unos días a su quinta. Yo le digo que no, que no tengo ganas de verlo. Miento: Una vez fui, entre sexto y séptimo. Estaba él con la señora nueva, que tiene dos pibes chiquitos e insoportables. Ellos charlaban y se reían de estupideces, comían con la boca abierta, masticando pedazos de carne y lechuga. Un espectáculo dantesco. Hubiera sido genial que fuera un espectáculo maquiavélico. De mi parte.
Pero no. Esperé pacientemente hasta que terminaran la comida y, al grito de "aaaaaaaaaaah", le dije que me llevara a mi casa. Me dolía la panza.
Me dolía el alma. Era la única de mi grado que no tenía papá porque ese papá no la quería a ella.
Dejé de ir a lo de mis amigas porque odiaba ver a los hombres con barba y anteojos, leyendo el diario y preguntando cómo había ido el día. Dejé de invitarlas a mi casa para que no se pusieran a hablar con mi vieja de Roberto. Me encerré cada semana un poco más. Cuando terminó el año, le pedí a mamá que me cambiara de colegio.
Iba a inglés.
Iba a natación.
Iba a voley.
Iba a danza.
Dejé de ir.
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