¡Ausente!

Creo que fue ese viernes. O por ahí el lunes siguiente. Yo me llevaba muy bien con mi preceptora, me pasaba las clases de inglés pegando notas en la habitación chiquita y repleta de hojas y humo. Se me acercó y me dijo, casi susurrando, que no contara nada, que entraba un compañero nuevo. Lo tomé sin sorpresa.
-Bueno, Gabi. Que no se siente cerca mío.
Ella se rió, pero yo lo decía muy en serio. Me había ocupado el banco del fondo a la izquierda, que daba a la ventana más luminosa. O sea que me cubría de sol de nueve a una y dormitaba en un estado de semi-ebullición constante. Era el paraíso. Pero cada tanto a algún compañerito "piola" se le ocurría que estaría buenísimo venir a sentarse a mi lado para hacer los trabajos de historia o geografía. Yo respondía con mi mejor -y practicada frente a un espejo- cara de teodioalejatedemí.
No duraban más de media hora.
-Tu asiento es el único que queda libre.
-No me digas. ¿En serio? Yo no presto atención cuando estoy en el aula. No sabía.
-¡Yo no sé como hacés para aprobar, nena!
Me volteé riendo y caminé hasta el aula. Tenía física, creo, o algo así que nunca se me dio bien. Y corroboré lo que me había dicho Gabriela. El único banco libre era el aledaño al mío. Más valía no desesperar, podía ocurrir un milagro y el hombrecito que tenía, por predestinación macabra, que arruinarme la secundaria podía no aparecer. Pero no.
Diez minutos después, cuando entró el profesor, lo acompañaba un petisito de lentes gruesos, pelo castaño y una mochila caída y rota. Se sentó, como pueden imaginarse, a mi lado.
Gabi lo presentó:
-Chiiicooos, él es un nuevo compañero- lo señaló y el nene se tornó no sé si granate o bermellón. Tímido, el muchacho - Se llama... ¿Cómo te llamás?
-Jero... Jerónimo.
-Jeeeero viene de Bahía Blanca. Trátenlo bien, ¡Chau!- y desapareció.
Lo saludé cordialmente. Creo que ese día yo me había puesto un vestido negro con encaje, un poco dark. Nada más alejado de mi personalidad genérica. Pero puede que se haya sentido intimidado. No me molestaba en lo más mínimo.
-Hola. Soy Jero...
-Escuché- dije, sin siquiera mirarlo.
-¿Cómo te llamás?
-Amelia Blues.
-¿Blues?
No respondí.

Nightclubbing.

-Dieciséis- guiñó un ojo con evidentes problemas de motricidad- pero tiene novia.
Poco me importaba la vida sentimental del hijo de mi profesor de biología. Tenían el mismo ADN, y no creo que a nadie le quedara precisamente bien la nariz ganchuda atacada por anteojos de marco grueso. Nariz que era, por supuesto, vecina de una boca un poco peculiar. Y digo "poco" porque ese hombre tenía los labios más finos que yo hubiera visto jamás.
-Sí, yo también- me reí, mintiendo. A mis trece años, nunca me había interesado tanto por un muchacho como para decírselo. Mi escuela primaria había pasado sin penas ni glorias, solía ser retada por no hacer la tarea, por arañar a mis compañeras, insultar a las maestras. Lo usual. Había decidido sosegarme en ese primer año básicamente porque me habían prometido una planchita para el pelo y la quería tanto que podía hacer cualquier cosa.
Y no es que no tuviera las crinchas lacias, sino que cuando me iba a dormir con el pelo mojado, el resultado era espantoso. Además sabía que cuanto más corto lo tuviera, más se alzaba. Y tenía la idea de cortármelo al estilo de Grace Jones en Nightclubbing, cosa que nunca hice, por supuesto y gracias a dios. Pero volviendo al tema: no me interesaba ni el hijo desconocido de mi profesor ni otro bicho masculino caminando por el mundo. De todas formas, tampoco es que tuviera una caterva de hombrezuelos por ahí. No los invitaba del todo con mi personalidad más bien desganada y reticente a cualquier tipo de contacto humano.
Seguí caminando para el aula. Daniel me llamó.
-Disculpá, pero la remera, ¿De dónde la sacaste?
-Me la trajo mi vieja de Brasil.
-Uh, bueno. Acá no la voy a conseguir- se lamentó- Le voy a decir a Manu que te gusta Tutu Jones, se va a poner contento.
-Sí, bueno. Chau.
Escapé, paladeando el nuevo nombre adquirido. Manuel. ¡Qué sonido! ¡Qué cadencia! Sonreí. Nunca más iba a llevar esa remera al colegio.