-Bueno, Gabi. Que no se siente cerca mío.
Ella se rió, pero yo lo decía muy en serio. Me había ocupado el banco del fondo a la izquierda, que daba a la ventana más luminosa. O sea que me cubría de sol de nueve a una y dormitaba en un estado de semi-ebullición constante. Era el paraíso. Pero cada tanto a algún compañerito "piola" se le ocurría que estaría buenísimo venir a sentarse a mi lado para hacer los trabajos de historia o geografía. Yo respondía con mi mejor -y practicada frente a un espejo- cara de teodioalejatedemí.
No duraban más de media hora.
-Tu asiento es el único que queda libre.
-No me digas. ¿En serio? Yo no presto atención cuando estoy en el aula. No sabía.
-¡Yo no sé como hacés para aprobar, nena!
Me volteé riendo y caminé hasta el aula. Tenía física, creo, o algo así que nunca se me dio bien. Y corroboré lo que me había dicho Gabriela. El único banco libre era el aledaño al mío. Más valía no desesperar, podía ocurrir un milagro y el hombrecito que tenía, por predestinación macabra, que arruinarme la secundaria podía no aparecer. Pero no.
Diez minutos después, cuando entró el profesor, lo acompañaba un petisito de lentes gruesos, pelo castaño y una mochila caída y rota. Se sentó, como pueden imaginarse, a mi lado.
Gabi lo presentó:
-Chiiicooos, él es un nuevo compañero- lo señaló y el nene se tornó no sé si granate o bermellón. Tímido, el muchacho - Se llama... ¿Cómo te llamás?
-Jero... Jerónimo.
-Jeeeero viene de Bahía Blanca. Trátenlo bien, ¡Chau!- y desapareció.
Lo saludé cordialmente. Creo que ese día yo me había puesto un vestido negro con encaje, un poco dark. Nada más alejado de mi personalidad genérica. Pero puede que se haya sentido intimidado. No me molestaba en lo más mínimo.
-Hola. Soy Jero...
-Escuché- dije, sin siquiera mirarlo.
-¿Cómo te llamás?
-Amelia Blues.
-¿Blues?
No respondí.