Nostalgiando.

Yo estaba haciendo un trabajo práctico a desgano. Era obvio que el taradito que se me había sentado al lado quería que lo ayudara, pero no levanté la vista de la hoja ni un segundo. Por primera vez en muchos meses, extrañé que Jerónimo no estuviera al lado mío para trabajar sin molestarme. Era insoportable pero se manejaba bien con la tarea. A veces me aprovechaba un poco de él, pobre pibe, y me copiaba de los ejercicios de física que no había hecho y no pensaba hacer. Pero le mentía vilmente: "Sí, no llegué a tiempo, pero llego a casa y los hago". Él me alcanzaba la hoja sin chistar. Lo tenía, digamos, amaestrado.
Pero bueno, venía diciendo que justo ese día Jero había faltado y no sé porque casualidad del destino, al lado mío se sentó uno con el que yo no hablaba mucho. Bueno, a decir verdad, no hablaba mucho con ninguno. Pero en fin. El pibe estaba al lado mío, calladito y cogoteando mi hoja. Yo le hacía firuletes más bien mentirosos al trabajo de historia sobre los feudos, de los cuales no sabía, ni me interesaba saber, nada. Que esclavos, que señores, que campesinos.
-Che... che- Me chistó Lucas, el taradito.
-¿Qué querés?- le dije, con la mitad de la boca.
-¿Había fábricas en este momento?
-¿Sos nabo, vos? ¿Cómo va a haber fábricas?
-Bueno, che, no sé. No sabés todo, vos.
Me callé, porque si abría la boca, corría el riesgo de inundar el salón de borbotones de lava o puteadas a los gritos, que es casi lo mismo. Lucas llamó a la profesora, le preguntó y ella contestó lo mismo que yo, exceptuando la parte de "nabo", que sé bien que se la tuvo que tragar para que no la sumariaran. El pibe dejó la hoja y empezó a dibujar el banco. Un artista, si no fuera porque era, efectivamente, un gil. Le pregunté si sabía que iba a estudiar cuando saliera del secundario.
-Abogacía, como mi papá.

¿Mi papá? No, yo no tengo papá. O sea, sí, la parte espermatozoide de mi vida fue ese tipo, Roberto, pero nunca apareció. Se fue de mi casa cuando yo era una bebé, menos dos meses tenía. Dejó a mi vieja embarazada y no asomó más la nariz por estos lares.
Él andaba enamorado de otra mujer, su secretaria. Mi viejo es un cliché. Entonces dejó a la vieja y se levantó a esta mujer, que al poco tiempo lo abandonó por uno que tenía plata. Roberto intentó volver con mamá; ella se negó.
A veces se olvida de llamarme para mi cumpleaños. Yo digo que no pasa nada, pero en realidad no está bueno que tu viejo no se acuerde del día en que naciste. Una vez la escuché a mamá hablar por teléfono con él, haciéndole acordar que al día siguiente era mi cumple. Ese año no atendí ninguna llamada.
Mi mamá no me habla de él jamás. En vacaciones me pregunta una sola vez, y no insiste, si no quiero ir a pasar unos días a su quinta. Yo le digo que no, que no tengo ganas de verlo. Miento: Una vez fui, entre sexto y séptimo. Estaba él con la señora nueva, que tiene dos pibes chiquitos e insoportables. Ellos charlaban y se reían de estupideces, comían con la boca abierta, masticando pedazos de carne y lechuga. Un espectáculo dantesco. Hubiera sido genial que fuera un espectáculo maquiavélico. De mi parte.
Pero no. Esperé pacientemente hasta que terminaran la comida y, al grito de "aaaaaaaaaaah", le dije que me llevara a mi casa. Me dolía la panza.
Me dolía el alma. Era la única de mi grado que no tenía papá porque ese papá no la quería a ella.
Dejé de ir a lo de mis amigas porque odiaba ver a los hombres con barba y anteojos, leyendo el diario y preguntando cómo había ido el día. Dejé de invitarlas a mi casa para que no se pusieran a hablar con mi vieja de Roberto. Me encerré cada semana un poco más. Cuando terminó el año, le pedí a mamá que me cambiara de colegio.
Iba a inglés.
Iba a natación.
Iba a voley.
Iba a danza.
Dejé de ir.

La casa es chica. El corazón también.

Jerónimo me pidió entre tres y cuatro mil útiles ese día. Yo no me hacía demasiado problema porque la mitad no andaban, entonces le dejé la cartuchera cerca y le dije que agarrara nomás.
A la una menos diez yo ya estaba guardando la carpeta en la mochila. La profesora de matemática (que me odiaba en esa fiaca infinita que solía identificarme), al ver que mi banco ya estaba limpio, dio por terminada la clase. Bah, supongo por el bufido que le salió yo no sé si del alma porque esa probablemente ya la hubiera cambiado por algo con el diablo.
Salí del aula con la velocidad promedio de un alud. Bajé las escaleras blancas y abrí la puerta. Desde atrás escuché la llamada de Jerónimo.
-Ameliaaaa- paré en seco.
-Qué pasa- pregunté, volteándome.
-Me quedé con tu lápiz rojo.
-Yo no tengo lápiz rojo.
Dudó un poco.
-¿Dónde vivís?- yo me pregunté si lo del lápiz tendría algo que ver.
-Para allá- le contesté, señalando al norte.
-Si vas caminando, podemos ir juntos.
Era tímido y confianzudo. Una extraña combinación, más bien tirando a molesta, pero a eso se le sumaba la vocecita agria, los anteojos y la manera irritante de decir mi nombre. No podía negarme, de todas formas, a su pedido. O sea, sí, mi única opción era entrar a correr a toda velocidad hasta llegar a casa, rezando porque el pibe no me siguiera. Pero era demasiado arriesgado. Y absurdo.
-Sí, dale. Apurate que quiero llegar rápido a mi casa.
Caminamos en dirección a mi departamento. Jerónimo no paraba de hablar. Que Bahía Blanca, que su mamá, que el departamento nuevo, que el calor insoportable de Buenos Aires. Era obvio que lo habían arrastrado a la ciudad, a mitad del primer trimestre. Lo interrumpí en su monólogo sin ningún tipo de consideración.
-¿Y por qué se mudaron?
-Por trabajo de mi papá. Es militar- Es innegable que los canas son una estirpe mas bien fulera de la raza humana, pero los militares... los militares son peores. No voy a gastarme en argumentar, conténtense con saber mi opinión. Si no la comparten, les recomiendo fuertemente que salteen esta parte y continúen a partir de aquí:
-Ah, mirá vos. Bueno, yo vivo acá.
Jerónimo me miró extasiado. Nunca había visto una cara tan redonda, unos ojos tan brillantes.
-¡Yo también!
Cartón lleno. Compañero de banco, compañero de edificio. No le contesté nada, por supuesto, y me entretuve revolviendo mi morral para encontrar la llave de la puerta del hall. Jerónimo fue más rápido. Me dejó pasar, troté hasta el ascensor y toqué el número tres: mi piso. El me alcanzó al instante.
-¿Tocaste?- asentí con la cabeza.
Me bajé y esperé a que se cerrara la puerta antes de entrar a mi casa.

¡Ausente!

Creo que fue ese viernes. O por ahí el lunes siguiente. Yo me llevaba muy bien con mi preceptora, me pasaba las clases de inglés pegando notas en la habitación chiquita y repleta de hojas y humo. Se me acercó y me dijo, casi susurrando, que no contara nada, que entraba un compañero nuevo. Lo tomé sin sorpresa.
-Bueno, Gabi. Que no se siente cerca mío.
Ella se rió, pero yo lo decía muy en serio. Me había ocupado el banco del fondo a la izquierda, que daba a la ventana más luminosa. O sea que me cubría de sol de nueve a una y dormitaba en un estado de semi-ebullición constante. Era el paraíso. Pero cada tanto a algún compañerito "piola" se le ocurría que estaría buenísimo venir a sentarse a mi lado para hacer los trabajos de historia o geografía. Yo respondía con mi mejor -y practicada frente a un espejo- cara de teodioalejatedemí.
No duraban más de media hora.
-Tu asiento es el único que queda libre.
-No me digas. ¿En serio? Yo no presto atención cuando estoy en el aula. No sabía.
-¡Yo no sé como hacés para aprobar, nena!
Me volteé riendo y caminé hasta el aula. Tenía física, creo, o algo así que nunca se me dio bien. Y corroboré lo que me había dicho Gabriela. El único banco libre era el aledaño al mío. Más valía no desesperar, podía ocurrir un milagro y el hombrecito que tenía, por predestinación macabra, que arruinarme la secundaria podía no aparecer. Pero no.
Diez minutos después, cuando entró el profesor, lo acompañaba un petisito de lentes gruesos, pelo castaño y una mochila caída y rota. Se sentó, como pueden imaginarse, a mi lado.
Gabi lo presentó:
-Chiiicooos, él es un nuevo compañero- lo señaló y el nene se tornó no sé si granate o bermellón. Tímido, el muchacho - Se llama... ¿Cómo te llamás?
-Jero... Jerónimo.
-Jeeeero viene de Bahía Blanca. Trátenlo bien, ¡Chau!- y desapareció.
Lo saludé cordialmente. Creo que ese día yo me había puesto un vestido negro con encaje, un poco dark. Nada más alejado de mi personalidad genérica. Pero puede que se haya sentido intimidado. No me molestaba en lo más mínimo.
-Hola. Soy Jero...
-Escuché- dije, sin siquiera mirarlo.
-¿Cómo te llamás?
-Amelia Blues.
-¿Blues?
No respondí.

Nightclubbing.

-Dieciséis- guiñó un ojo con evidentes problemas de motricidad- pero tiene novia.
Poco me importaba la vida sentimental del hijo de mi profesor de biología. Tenían el mismo ADN, y no creo que a nadie le quedara precisamente bien la nariz ganchuda atacada por anteojos de marco grueso. Nariz que era, por supuesto, vecina de una boca un poco peculiar. Y digo "poco" porque ese hombre tenía los labios más finos que yo hubiera visto jamás.
-Sí, yo también- me reí, mintiendo. A mis trece años, nunca me había interesado tanto por un muchacho como para decírselo. Mi escuela primaria había pasado sin penas ni glorias, solía ser retada por no hacer la tarea, por arañar a mis compañeras, insultar a las maestras. Lo usual. Había decidido sosegarme en ese primer año básicamente porque me habían prometido una planchita para el pelo y la quería tanto que podía hacer cualquier cosa.
Y no es que no tuviera las crinchas lacias, sino que cuando me iba a dormir con el pelo mojado, el resultado era espantoso. Además sabía que cuanto más corto lo tuviera, más se alzaba. Y tenía la idea de cortármelo al estilo de Grace Jones en Nightclubbing, cosa que nunca hice, por supuesto y gracias a dios. Pero volviendo al tema: no me interesaba ni el hijo desconocido de mi profesor ni otro bicho masculino caminando por el mundo. De todas formas, tampoco es que tuviera una caterva de hombrezuelos por ahí. No los invitaba del todo con mi personalidad más bien desganada y reticente a cualquier tipo de contacto humano.
Seguí caminando para el aula. Daniel me llamó.
-Disculpá, pero la remera, ¿De dónde la sacaste?
-Me la trajo mi vieja de Brasil.
-Uh, bueno. Acá no la voy a conseguir- se lamentó- Le voy a decir a Manu que te gusta Tutu Jones, se va a poner contento.
-Sí, bueno. Chau.
Escapé, paladeando el nuevo nombre adquirido. Manuel. ¡Qué sonido! ¡Qué cadencia! Sonreí. Nunca más iba a llevar esa remera al colegio.