Jerónimo me pidió entre tres y cuatro mil útiles ese día. Yo no me hacía demasiado problema porque la mitad no andaban, entonces le dejé la cartuchera cerca y le dije que agarrara nomás.
A la una menos diez yo ya estaba guardando la carpeta en la mochila. La profesora de matemática (que me odiaba en esa fiaca infinita que solía identificarme), al ver que mi banco ya estaba limpio, dio por terminada la clase. Bah, supongo por el bufido que le salió yo no sé si del alma porque esa probablemente ya la hubiera cambiado por algo con el diablo.
Salí del aula con la velocidad promedio de un alud. Bajé las escaleras blancas y abrí la puerta. Desde atrás escuché la llamada de Jerónimo.
-Ameliaaaa- paré en seco.
-Qué pasa- pregunté, volteándome.
-Me quedé con tu lápiz rojo.
-Yo no tengo lápiz rojo.
Dudó un poco.
-¿Dónde vivís?- yo me pregunté si lo del lápiz tendría algo que ver.
-Para allá- le contesté, señalando al norte.
-Si vas caminando, podemos ir juntos.
Era tímido y confianzudo. Una extraña combinación, más bien tirando a molesta, pero a eso se le sumaba la vocecita agria, los anteojos y la manera irritante de decir mi nombre. No podía negarme, de todas formas, a su pedido. O sea, sí, mi única opción era entrar a correr a toda velocidad hasta llegar a casa, rezando porque el pibe no me siguiera. Pero era demasiado arriesgado. Y absurdo.
-Sí, dale. Apurate que quiero llegar rápido a mi casa.
Caminamos en dirección a mi departamento. Jerónimo no paraba de hablar. Que Bahía Blanca, que su mamá, que el departamento nuevo, que el calor insoportable de Buenos Aires. Era obvio que lo habían arrastrado a la ciudad, a mitad del primer trimestre. Lo interrumpí en su monólogo sin ningún tipo de consideración.
-¿Y por qué se mudaron?
-Por trabajo de mi papá. Es militar- Es innegable que los canas son una estirpe mas bien fulera de la raza humana, pero los militares... los militares son peores. No voy a gastarme en argumentar, conténtense con saber mi opinión. Si no la comparten, les recomiendo fuertemente que salteen esta parte y continúen a partir de aquí:
-Ah, mirá vos. Bueno, yo vivo acá.
Jerónimo me miró extasiado. Nunca había visto una cara tan redonda, unos ojos tan brillantes.
-¡Yo también!
Cartón lleno. Compañero de banco, compañero de edificio. No le contesté nada, por supuesto, y me entretuve revolviendo mi morral para encontrar la llave de la puerta del hall. Jerónimo fue más rápido. Me dejó pasar, troté hasta el ascensor y toqué el número tres: mi piso. El me alcanzó al instante.
-¿Tocaste?- asentí con la cabeza.
Me bajé y esperé a que se cerrara la puerta antes de entrar a mi casa.