Poco me importaba la vida sentimental del hijo de mi profesor de biología. Tenían el mismo ADN, y no creo que a nadie le quedara precisamente bien la nariz ganchuda atacada por anteojos de marco grueso. Nariz que era, por supuesto, vecina de una boca un poco peculiar. Y digo "poco" porque ese hombre tenía los labios más finos que yo hubiera visto jamás.
-Sí, yo también- me reí, mintiendo. A mis trece años, nunca me había interesado tanto por un muchacho como para decírselo. Mi escuela primaria había pasado sin penas ni glorias, solía ser retada por no hacer la tarea, por arañar a mis compañeras, insultar a las maestras. Lo usual. Había decidido sosegarme en ese primer año básicamente porque me habían prometido una planchita para el pelo y la quería tanto que podía hacer cualquier cosa.
Y no es que no tuviera las crinchas lacias, sino que cuando me iba a dormir con el pelo mojado, el resultado era espantoso. Además sabía que cuanto más corto lo tuviera, más se alzaba. Y tenía la idea de cortármelo al estilo de Grace Jones en Nightclubbing, cosa que nunca hice, por supuesto y gracias a dios. Pero volviendo al tema: no me interesaba ni el hijo desconocido de mi profesor ni otro bicho masculino caminando por el mundo. De todas formas, tampoco es que tuviera una caterva de hombrezuelos por ahí. No los invitaba del todo con mi personalidad más bien desganada y reticente a cualquier tipo de contacto humano.
Seguí caminando para el aula. Daniel me llamó.
-Disculpá, pero la remera, ¿De dónde la sacaste?
-Me la trajo mi vieja de Brasil.
-Uh, bueno. Acá no la voy a conseguir- se lamentó- Le voy a decir a Manu que te gusta Tutu Jones, se va a poner contento.
-Sí, bueno. Chau.
Escapé, paladeando el nuevo nombre adquirido. Manuel. ¡Qué sonido! ¡Qué cadencia! Sonreí. Nunca más iba a llevar esa remera al colegio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario