De amores, de odios y otras yerbas.


Yo balbuceé un "hola" lleno de espinas. Si hubiera estado en una película, hubiese sonado un tema de Nu Metal de fondo. Jerónimo ya estaba terminando de levantar todos mis útiles -que en esa época no eran demasiados- y yo me escapaba de la mirada de Manuel.
La tortura duró lo que el pibe ese tardó en abandonar el aula. Jerónimo no se sacaba la sonrisa de la cara. Yo, que tenía la vista clavada al frente, en donde Daniel retomaba la explicación de células y aparatos de Golgi o algo así, podía verlo ahí, con la cabeza un poco ladeada para mi lado, pispeando con un gesto entre pícaro, mordaz y pelotudo, a ver si yo reaccionaba. No le di el gusto.
-Che, ¿De qué bandas hablaba el profe con el hijo?- me preguntó, queriendo sacar el tema supongo que de manera distraída.
-Las que me gustan a mí. Blues, eso. Ya sabés- mascullé, mirando como Daniel movía las manos y la boca, pero sin realmente escucharlo.
-Ah, sí, eso.
Debo aclarar que para ese entonces, Jero era lo más parecido a un amigo que tenía por esos lugares. A veces venía a casa y nos quedábamos varias horas haciendo nada. En general, los trabajos prácticos los hacíamos juntos. Charlábamos algunas cosas, que la escuela, que Buenos Aires, nada muy profundo. Nunca le hablé de mi papá, nunca me habló de su familia más que para decirme que tenía algunos problemas, pero se lo notaba incómodo tocando el tema.
Así que ya sabía qué bandas me gustaban, ya sabía que era muy calentona, ya sabía que en general no me llevaba muy bien con la gente y calculo que ya sabía que la conducta que yo estaba teniendo en ese momento no era de lo más común. Por eso siguió, al ratito.
-¿Y qué te pareció? Digo, ese chico.
-¿Quién?- no me salía del todo bien el papel de desentendida.
-El hijo del profe. ¿Cómo se llamaba?
-Manuel.
Sonrió. "Caí", pensé, "cómo no me di cuenta". Intenté arreglarla, pero todavía tenía el estómago revuelto.
-Lo dijo recién, ¿No escuchaste? ¿Estabas muy ocupado toqueteando mis cosas?
-Chiiiicooos- interrumpió Daniel, salvándome un poco. Yo asentí con la cabeza, como siempre que alguien intervenía en mi comportamiento. Jerónimo se puso rojo.
El resto de la hora pasó sin penas ni glorias. A la una me puse la campera -ese día hacía muchísimo frío, me acuerdo- y salí bastante rápido. Jero me dijo que tenía que pasar por el baño, que lo esperara. Yo le dije que no podía. Estaba enojada con él. No supe muy bien si por hacerme quedar mal o por haberse dado cuenta de que el pibe ese me había movido el piso. Es que con esa cara de desinteresado, con los ojos perdidos en absolutamente ningún lado, con el pelo morocho cayéndole en barritas, con los brazos bastante finos y bastante largos... cómo no dejarse mover el piso.
Me fui. También estaba triste. Y ya sabía que en esas tardecitas de invierno la tristeza pegaba duro. Así que me puse los auriculares a pocos pasos de la salida del colegio, sin esconder que tenía en mp3 (¡Tenía un mp3!) en el bolsillo, y me fui caminando cortito. Mi amigo, si es que podía considerarlo mi amigo, había hecho algo para hacerme quedar mal enfrente de alguien que sabía que me gustaba. ¿Pero por qué?
Llegué a casa y, contrario a mi costumbre, le pregunté a mi mamá si podíamos hablar. El departamento estaba caliente, había olor a salsa, me saqué las zapatillas y me tiré, un poco de costado, en la silla. Mamá me saludó desde su cuarto y me dijo que ya venía, que pusiera la mesa. Saqué dos platos, dos vasos, dos tenedores, una botella de agua y pan. No le poníamos queso.
Cuando nos sentamos le conté todo. Que la nota, que Jero, que Daniel, que Manuel (hice hincapié en Manuel), que los útiles. Me puse a llorar varias veces, aunque evidentemente la situación no era tan grave como para eso. Ahora que lo pienso, yo me hacía mucho la dura pero era nomás un piba de trece años.
-Amelita, Amelita- decía mi mamá, mientras me acariciaba el pelo - ¿Segura que no es nada más? ¿Segura que es eso que pasó en el cole lo que te pone tan triste?- Asentí con la cabeza, medio entre mocos, y nos quedamos calladas. Al rato, cuando me calmé, me dijo:
-Te llegó otra carta hoy.

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