Amelia en Pinamar.

"Amelia nunca estuvo en Pinamar."
Así empezaba el cuento que nos habían pedido que escribamos para una clase de Lengua. La idea era exponerlos a fin de invierno, pero yo le había dicho a la profesora que no quería. Ella supo entenderlo de inmediato. Mi cuentito, además de bastante mal escrito, era una carta de amor que no decía para quien, pero por lo que me dijo ella pensó que para Jero. ¿Por qué, se preguntará, amable lector? Porque hacía semanas que yo me había sentado en la otra punta del aula. Estaba mucho más callada, ya no rompía tanto las bolas. Gabi me decía muy seguido que me pasara un rato por la preceptoría pero la verdad es que no andaba con ganas. A Manu no lo vi más por un tiempo largo.
Se acercaba mi cumpleaños. Catorce. La gente ya me preguntaba qué iba a hacer para los quince. Yo no era muy de bailar, ni muy de salir, ni muy de andar con seres vivos, así que siempre contestaba que creía que  una cena con mi familia.
Mi familia. Sí. No dije mucho de ellos. Hablé de mamá y Roberto, aunque Roberto no es familia. Con la rama arbustífera paterna no me llevaba demasiado bien. Tenía, tengo, un abuelo muy lindo, de esos viejitos que tiemblan mucho cuando agarran cosas. Mi tía y mis primos eran copados. Son. Mi tío en esa época todavía vivía. Yo me llevaba un poco mal porque él siempre fue un poco de derecha y yo siempre fui un poco más zurda, aunque ahora lo extraño.
Todos eran de Santa Fe, así que los veía unas pocas veces por año. Como mi cumpleaños y el de mi abuelo caían cerca, un año nosotras íbamos para allá y un año ellos venían para acá. Ese septiembre decidimos irnos.
El viaje no fue largo, me la pasé escuchando música, y los cinco días que estuvimos en la casa de mis tíos no estuve ni muy charlatana ni muy paseandera. Mi prima, tres años mayor que yo, me invitaba a salir con sus amigos, pero no andaba con ganas.
Para mi cumpleaños me regalaron un teléfono celular de última generación, de esos que tenían un juego en donde eras una serpiente que comía cosas. Mi mamá me dijo que en casa me esperaba otro regalo. Yo pensé en las cartas.
Habían llegado siete después de la primera.
Esa que leí el día que tan triste estaba decía que la semana pasada había estado muy linda con el enterito. No era un enterito, era un jumper, pero bueno. En general él me contaba cosas. Que le habían mostrado una banda nueva, que nunca había comido huevo frito, que le gustaban más los perros que los gatos, que no coleccionaba nada porque eso es juntar mugre. Las últimas se fueron haciendo más largas. Esperaba tener una cuando llegara a casa.
Nos fuimos tres días después. No había perdido muchos días de clases, por suerte (decía mamá), así que me podía poner al día en algunas tardes. Por ahí podía invitar a algún compañero para que me ayudara. Me guiñaba un ojo. Yo creo que ella pensaba que sabía la identidad de mi enamorado. Incluso aventuró un par de veces algún nombre, y yo deseaba secretamente que estuviera equivocada. Todavía no tenía ni la menor idea de quién podía ser. Así que volví, sin penas ni glorias, sin que se hubiese notado mi ausencia, al banco del otro lado del curso. Jero se había cambiado ahí, y en la fila más cercana a la ventana esa en la que daba el sol había dos compañeras.
Me senté, sin saludarlo. Él tampoco me habló.
Una hora después le dije, muy bajito:
-Estúpido. Descuidaste nuestro lugar.
-Te extrañé. Estúpida.
Sonreímos.

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