Sin repetir y sin soplar.

Estoy acostumbrada a que me pregunten dos veces mi apellido.

No sé bien cuál es la capacidad cognitiva que no se desarrolló en la gente: No pueden entender que me apellide Blues.

Una vez le pregunté a mi mamá -empiecen a conocerme, vivo sólo con ella- de dónde había salido, pero no pudo contestarme fehacientemente, entonces inventé mi propio cuento, sin ningún tipo de rigurosidad histórica, y resulta que mi bisabuelo escapó de sus padres opresores para casarse con mi bisabuela, viajaron a Estados Unidos y en el trayecto les cambiaron su Dongé por Blues, a pedido de ella. Después, pueden imaginarse. Hijos varones, muerte, alianzas por conveniencia o por amor, papá dejando a mamá y yéndose con su nueva mujer: yo.

El primer día de secundario me pasó algo muy extraño. Mis compañeras eran en gran medida unas imbéciles. Hablaban de novelas adolescentes, de lo enamoradas que estaban de un morocho de lentes que iba a tercero, de lo linda que venía la colección primavera-verano de no-sé-qué marca de ropa que debe ser conocidísima pero que no ubico. Y yo me autoexcluía, no por solitaria sino por poco interesada en esos trámites más bien banales que tiene que, por norma general, soportar todos los alumnos de primero primera y supongo que de los otros cursos también.

Entonces yo me la pasaba leyendo, tenía una o dos amigas. ¿Chicos? ¿Esos seres hipersexuales que se la pasan -a los trece, catorce años- hablando de futbol y tetas? No, muchísimas gracias: estoy a dieta.

Pero a eso se sumaba mi poca prestancia. Caminaba por los pasillos del enorme colegio haciéndome la fantasma, pasando, gracias a dios, casi totalmente desapercibida. Hasta día el Miércoles diez de Mayo del año dos mil seis, en el que tuve la puta idea de ir con la remera de Tutu Jones que mi mamá me había regalado. Sí, soy un cliché.

La vio mi profesor de biología, me saludó con una sonrisa un poco boba y me hizo algún comentario pseudochistoso sobre la convergencia impresionante que se daba entre mi noble camiseta de Tutu y mi apellido. Con una creciente timidez idiota, le dije algo así como "sí, me gusta el Blues". E inmediatamente después me di cuenta de que ese hombre -el guitarrista, mi profesor no, pobre tipo mediocre- era un genio subvalorado en la cultura popular. Por eso le pregunté de dónde lo conocía.

-Lo escucha siempre mi hijo. En casa es fija.

El tipo, que se llamaba Daniel, tenía, para mí, unos 37 años. Tiempo después supe que tenía dos más.

-¿Y qué edad tiene? - me refería al hijo. Me llamaba la atención de forma considerable que una persona del rango etario que no correspondiera a los 28-30 años lo conociera. Pero Daniel lo malinterpretó, cosa que haría, de ahí en adelante, incontables veces.