Un tiempo después me llegó una carta. Transcribo, porque todavía la guardo.
"A mi siempre me pasaron cosas con vos". Clara. Concisa. Logró hacerme estallar el corazón en mil pedazos, porque no sabía de quién podía ser, era la justa elección de palabras. Me acuerdo y se me revuelve la barriga.
Temblaba de emoción, cosa que suele pasarme con mucha frecuencia desde ese momento hasta hoy. Fue como si hubiera limpiado de un soplido todas las cañerías oxidadas que me cruzaban adentro.
Mi círculo de amistades se reducía al del colegio. No iba al club, ni a inglés, ni a piano o guitarra. Casa, escuela. Escuela, casa. Incluso dentro de mi propia clase no era el centro de atención ni mucho menos. Hasta me había sabido cosechar algunas enemistades que todavía conservo, con amor, en un lugarcito de mi corazón. Jerónimo, que más que mi amigo era mi mascota, no podía ser. Ni siquiera era su letra. Además no me lo veía escribiendo cartitas de amor por los rincones.
La nota la encontré en el buzón de mi casa. Bueno, en realidad la encontró mi mamá y la abrió, la leyó, masticó muy bien lo que decía y entre cargadas y risas, me prohibió salir de casa. Como buena cuarentona, tenía miedo de que el anónimo fuese un sátiro que tenía planeado matarme o cosas peores, como obligarme a repetir de año.
Pero si no era Jero... ¿Cuál de todos los ignorados compañeros míos -o no míos- era el galán? No lo iba a saber por bastante tiempo. El lunes siguiente, fui al colegio con mis mejores pilchas. Aunque sabía que no tenía que arreglarme demasiado, no podía evitar intentar sentirme preciosa. Me pinté las uñas (¡Me pinté las uñas!) con unas francesitas mal traducidas.
Entré a la clase bastante más temprano de lo normal, y eso que yo todavía pretendía hacerme la superada: esto de las cartas de amor me pasa todos los días. Pero no, en realidad era la primera vez que yo le gustaba a alguien y no sabía bien cómo comportarme. Hasta un poco de vergüenza me daba saberme centro de las miradas de alguno.
No presté demasiada atención ni a lengua, ni a religión, ni a geografía. En biología hubo algo que me llamó la atención y me obligó a bajar de Babia. A eso de las 11.50 -sí, estaba completamente pendiente de la hora- entró un chico que yo pensé repetidas veces que era el apuesto integrante de otro curso. Calculaba que cuarto. Lo veía pasar, a veces, sólo en esa clase y por unos segundos. Intercambiaba unas palabras con Daniel y se retiraba en silencio. El tipito tendría unos diecisiete años, alto muy alto, flaco muy flaco. Pelo largo, hasta los hombros y cara de nada. Absolutamente ningún tipo de sentimiento o emoción surcó su carita en todas las veces que lo vi. Hasta ese día.
-Chicos, este es Manuel, mi hijo- el pibe miró a los ojos a cada uno de mis compañeros. A mi también. Me temblaron violentamente las piernas y creo que Jero lo notó. Al hijo de mi profesor, el mismo hijo al que le gustaba Tutu. Y tenía una belleza considerable. Sin contar el desinterés que aparentaba por todo lo que fuese... iba decir vivo, pero no se limitaba a eso. Nada le producía sorpresa. Excepto el ruido horrible que hizo mi cartuchera al suicidarse desde el banco y escupir todos los útiles a varios metros a la redonda. Por mi cabecita pasaron varias cosas. En primer lugar, la vergüenza que me producía ser el nuevo centro de interés visual para treinta personas. En segundo lugar, el pensar que el anónimo estaba inspeccionando, contemplando, en todo su esplendor, mi inabarcable torpeza. Por último, la mirada impávida de Manuel que se perdía en el infinito, una vez que ya había saciado su curiosidad. Pero no, si yo no tenía las manos sobre la mesa, ni siquiera. Jero se rió bajito. Yo, igual de bajito, le dije:
-Hijo de puta. Levantá todo antes de que te mate.
Daniel interrumpió.
-Chicos, ¿Por qué no ayudan a su compañera?- dijo, dirigiéndose al curso. Y continuó, ahora a su hijo pero igual de alto- Ella es la que escucha a tus bandas.
Me helé un poco de espanto. No tenía idea de qué me estaba pasando, no tenía por costumbre andar con los cachetes rojos por ahí ni mucho menos. Esa maldita carta me había hecho un poco más humana.
-Sí, ya sé- contestó Manuel con una voz increíblemente ronca. Cartón lleno.