En todas las calles te pierdo y te encuentro en todas

La lluvia sobre el techito. Plic.
Plic.
Plic plic.
Eso me gusta de la casa de Juli.

Juli es amigo de Jero. Es casi tan lindo como Manuel, pero no tiene los brazos así de flacos. Es más alto, eso sí, aunque un poco más boludo.
Para ser justa, boludo no es el término adecuado. Es mas bien risueño, se ríe todo el tiempo y charla hasta por mí. Le gusta la murga, un género que yo nunca hubiera escuchado de otro modo que no fuese en su casa. Pero hoy llueve, así que escucha a una francesa entre bucólica y hippie que no tiene idea de que la guitarra no se agarra así.
La francesa suena bajito, se está haciendo de noche y Juli trae té. Jero se fue hace un rato, y yo me quedé leyendo un librito echada en la cama.
-Eco.
-Mhhse-mascullo, sin sacar los ojos de encima de las palabras, que se suceden sin que pueda entenderlas del todo.
-Es un embole.
Me río y lo miro.
Juli tiene toda la plata pero es un zafarrancho. Creo que no se cambió de ropa en los últimos tres años. Le gusta demasiado ese buzo. Ahora que lo pienso, cuando lo conocí también lo traía puesto.
Bien. Lo conocí en el cumpleaños de Jero. De inmediato me llamó la atención, pero tardamos varias horas en coincidir en una conversación grupal. Yo estaba sentada en un costado, jugando con un anillo que usaba, bastante aburrida. El feliz cumpleañero andaba de invitado en invitado asegurándose de que todo fuera maravilloso en esa velada tan especial. Cada diez minutos me invitaba a algo.
-¿No querés venir a charlar con nosotros?
-Dale, comé pizza.
-Bueno, contame cómo le está yendo a tu mamá en el trabajo.
Por supuesto, no piqué en ninguno de sus anzuelos. Eran bastante bien intencionados, aunque fútiles. En un momento se acercó con Julián y me lo presentó. Sonreí como pude y nos pusimos a charlar sobre política. Yo tenía alguna idea, pero él estaba en el centro de estudiantes de su colegio y sus padres militaban en no sé qué partido, así que en realidad se ocupó de darme cátedra al menos por una hora. Después me sacó a bailar, cosa que yo hice torpemente, como cabe imaginar, y me bajé muy rápido. Juli se quedó igual al lado mío, aunque la gila de Mariana lo venía a buscar con esa sonrisa babeante y los ojos a medio abrir, diciendo estupideces. Mejor no podría haberme salido, igual, porque intercambiaron lo que sería para mí la puerta de entrada a una hermosa amistad.
-¿Tenés celular?- Ella, por supuesto, tenía uno de pantalla naranja que se creía mejor que el mío, cosa que a mí me importaba bastante poco.
-Sí- contestó él, aunque se dio vuelta, evitando darle el número. Mariana notó el desplante y se fue con la cabeza alta. No fue hasta unos dos años después que empezó a bajarla cerca de cualquier hombre, aunque con convicciones ligeramente distintas.
Yo me reí bajito. Juli tanteó su bolsillo, sacó una lapicera y, agarrándome la mano, anotó unos números un poco largos. Abajo garabateó su nombre, aunque ya me lo acordaba. Sonrió y siguió hablando de cualquier cosa, como para hacerse el desentendido.
La fiesta terminó sin penas ni glorias, y Juli me acompañó hasta la puerta de casa, tres pisos más abajo. La música me tenía un poco mareada, un poco harta, y además me moría de sueño. Se lo dije, y el me preguntó si me molestaba quedarme despierta un ratito más. Y aunque he sido más tonta otras veces en la vida, en esa ocasión podrían, no, deberían haberme premiado. Contesté que de verdad no daba más. Él me miró un poco triste y bajó la vista. Aproveché la distracción, cacé la llave y la giré en la cerradura. Tras una breve despedida me encerré en casa, en plena oscuridad y, por fin, en silencio.
Mi celular vibró, cosa extraña a las tres de la madrugada. Era Jero, diciéndome que era muy "picarona". Yo creí que, en vez de catorce, había cumplido sesenta y ocho. Me fui a dormir, evitando contestarle.
Cinco años más tarde, Juli me recrimina la tontería, y me dice que podríamos haber llegado a mucho. Yo ya estoy más grande, incluso más alta, y no ando en esos trotes. Reconozco la inexistencia de las relaciones a largo plazo e incluso las creo nocivas.
Juli me empuja con cuidado y se tira al lado mío. Me acaricia el pelo, tironea un poco para molestarme. Me quejo bajito y no suelto el libro. Yo sé lo que le gusta, y tratar de convencerme le encanta. Me roza el cuello con la nariz, se ríe, me contagia la risa. En un movimiento que no podría haber sido más lento, se corre el pelo de la cara, hace lo mismo con el mío y se queda quieto, de ojos cerrados, invitándome a que me mueva. No lo defraudo, o al menos no del todo.
-Me tengo que ir.